jueves 23 de abril de 2009

Zürruckkommen! (I'll be back... soon)

Hola hola!
Buff, ha pasado bastante tiempo desde que publicara la última entrada... Muchos y diferentes motivos me han mantenido ocupado desde mi experiencia en Köln pero aún así me queda memoria suficiente como para poder continuar con esta ¿entretenida? narración.
Aún queda pendiente contaros cómo se desarrolló la segunda mitad de mi estancia, el bonito epílogo que cerró (o no) esa etapa y por supuesto, desvelar la gran excusa que me ha mantenido al margen y por la cual estaré de vuelta... todo tendrá sentido... espero que pronto.

Hasta entonces, queridos lectores!

P.D.: no depende de mí revelar la gran exclusiva :(
aunque prometo que la espera habrá merecido la pena (los conocedores del secreto bien lo confirman :P)

martes 13 de mayo de 2008

El poder del blog y la puerta de cristal

¡Saludos!
En primer lugar, y antes de continuar por donde lo dejamos, como siempre, muchas gracias a todos los que leeis este blog. Aún no comprendo cómo sois capaces de terminar las entradas (si lo haceis) sin caer dormidos frente al teclado... Es broma, pongo mucho de mi parte en hacer esto entretenido e instructivo.

Para aquellos que utiliceis este blog como consulta para vuestras futuras experiencias, no dudeis en contactar conmigo. Estaré encantado de ayudaros en todo lo que me sea posible. Colonia es un estupendo lugar al que venir a vivir: no solo es tranquilo para ser una ciudad grande, sino que además está provista de grandes posiblidades.

Me he llevado varias sorpresas al respecto. Como sabeis, la intención de este rinconcito era haceros llegar una crónica de mi estancia para orientaros un poquito, pero ha resultado ser una seña de identidad incluso. No solo he recibido mensajes de apoyo como el de Elena y Ale, sino también Bernard (un chico nuevo que ha venido a estudiar por aquí) y algunos de la nueva hornada de estudiantes me han reconocido porque leyeron este blog antes de llegar. Me replanteé algunas cosas respecto a la privacidad que pueda perder con mis escritos, pero tras el shock, lo ví todo de un modo distinto, quizá podía ayudar a través de ellos.

Retomando por donde lo dejamos, a principios de febrero, terminé los exámenes y visité Düsseldorf por primera vez. Estaba algo nervioso e impaciente porque en breve recibiría la visita de algunos amigos. Llegaron en dos tandas: primero Mavi, compañera del año pasado en Madrid, y después mis amigos Samuel, Norman y la compañera de piso de éste último, Joana, una chica portuguesa cursando una Erasmus en Madrid.

En un principio quise preparar un especial para el blog en el que cada uno aportara un poquito para hacer una crónica de su estancia por estos lares y que compartieran impresiones con todos, siendo una de las razones por las que fui atrasando esta entrada, pero siendo mayo bien entrado, no puedo esperar más, aunque algo sí me ha llegado, ya vereis.

Coincidió que el día que Samuel y el resto llegaban, tenía un encuentro junto a mis compañeros del curso de alemán en la casa de la profesora, más allá del barrio de Efferen. Me sentía un poco culpable por no recibir a los visitantes en persona, pero mis compañeros del curso acabaron por convencerme y Mavi me cubrió las espaldas, por lo que finalmente fui sin saber bien a qué iba.

Llegamos al lujoso chalecito adosado de Margret, nuestra profesora, que estaba sola en casa con su marido al llegar y sus hijos estudiando fuera de la ciudad. Era un chalet con altos setos y, atentos al dato que es relevante: la mayoría de las puertas eran de cristal. Primero llegamos Pablo, Rocío y un par más y esperamos sentados comiendo frutos secos en el salón de la casa. Margret nos ofrecía vino al tiempo que recibía a los nuevos visitantes que iban llegando. Me inquietaba perder la noción del tiempo y hacer esperar mucho a mis amigos, por lo que esperaba que a la mínima ocasión, pudiera llamarles por teléfono para avisarles de cuándo regresaba.

Cuando estuvimos todos, compartimos la comida que cada uno había llevado (menos nosotros, que no habíamos caído en ese detalle) y comenzamos a hablar de las valoraciones sobre el examen final. Margret nos comunicó que todos habíamos aprobado excepto un par de casos concretos. Tampoco hizo especial hincapié en detalles salvo comentarios acerca de mí. Le sorprendió que, a pesar de mi irregularidad durante el curso (tenía aptitudes para aprender, pese a que era de los menos preparados para el nivel, puesto que antes de venir aquí, tan solo había estudiado alemán por tres semanas en el verano anterior, y en el curso que estaba, algunas cosas se me escapaban, aunque Margret me aconsejó que me quedara) estaba contenta con el resultado, pues respondí a lo esperado. Dijo que fui "muy pragmático". En ese momento, me puse nervioso (imaginaos, un grupo dispar de gente de todas las nacionalidades mirándote fijamente y atento a lo que hablaban sobre ti) y al intentar agradecerle las palabras a Margret, me hice un lío y no pude terminar.

Me escondí bajo el jersey con la cara acalorada por la vergüenza (sí, puedo llegar a ser muy tímito y de hecho lo soy) y escuchaba de fondo las risas, a la vez que Margret dictaminaba el juicio de que a eso se refería: que tenía aptitudes que no desarrollaba salvo en ocasiones.

Desde la cocina llegó el olor a chili con carne que estaba listo para la cena así que nos levantamos para preparar la mesa y en ese momento, decidí coger mi móvil, que estaba en el recibidor junto a los demás abrigos cuando... ¡POM! Retrocedí andando de espaldas con un dolor punzante en la nariz y la cara. Algo invisible me había golpeado. Mientras me recuperaba en esos instantes en los que uno queda noqueado, lo primero que vi fue a varias personas explotando en carcajadas y preguntándome si me encontraba bien y otras tantas retorciéndose de risa en el suelo.

Me había golpeado con la puerta de cristal, que estaba cerrada.

Vale, llegados a ese punto, lo único que pensaba era: ¡Tierra, trágame! por dos razones:
-quería irme cuanto antes víctima de la humillación
-esperaba no haber resquebrajado el cristal de la, seguramente cara, puerta del salón

Por suerte, no pasó nada, ni un rasguño al vidrio. Nada, salvo el leve mareo y dolor que tenía en la cabeza. Para no ser maleducado, me senté a la mesa comiendo mi porción de chili y acabé con lágrimas en los ojos por la prisa en la que estaba comiendo todo aquel plato repleto de picante, a la vez que evitaba los jocosos comentarios.

Me despedí asintiendo por enésima vez que no me pasaba nada grave ni me mareaba y me reí con ellos. Margret me acompañó hasta la salida, enseñándome (en una expresión algo ambigua entre calmada y cabreada, me quedaré con la duda eternamente) que no le pasaba nada a la puerta (aunque juraría haber visto un arañazo que le señalé a Margret. Ella puso el dedo por encima como tratando de limpiarlo y quitarle hierro al asunto, aunque seguro que en ese momento se cagaba en mí varias veces). Me dio la mano y se despidió diciéndome que lo pasara bien en España. Le dije extrañado que no me iba todavía, que estaría en Alemania hasta verano y entonces repitió de nuevo "Que te vaya bien por España", por lo que deduje que ya ni me escuchaba. Me dijeron que los demás se quedaron hasta la madrugada cenando allí y que incluso el marido de Margret se unió a la comitiva, pero en esos momentos estaba ya de vuelta en Colonia.

sábado 10 de mayo de 2008

Dos patitos

¡Saludos desde Kinderland!

¡Hola! Sé que el ritmo que llevo es algo irregular, pero dicen que lo bueno se hace espera, ¿cierto? :P

Hoy, 10 de mayo, haré una excepción y os hablaré del más inmediato presente, pues es mi día, el día en el que cumplo años. Es decir, demos un salto en el tiempo hasta lo que sería plena tercera temporada de mi etapa en Kinderland. Mucho ha pasado y quizá lo que veais os estropee algún acontecimiento que aún no haya comentado, pero la ocasión lo merece y además, es la primera vez que tengo blog para comentar este acontecimiento. ¡Disfrutadlo!

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10 de mayo

Pasada la medianoche, volví de Rudolfplatz de mi encuentro con Laura, Basri y la amiga de éste, Simone, una chica interesante con la que debatimos en alemán e inglés sobre aspectos que le interesaba conocer desde la perspectiva de un extranjero, como puede ser la visión que se tiene de Alemania fuera de sus fronteras, con el gran lastre que soporta desde el siglo pasado, el idioma, cómo conocer gente de otras culturas, etc, aunque también hubo tiempo para momento más tribiales como los juegos de palabras que nos inventábamos al intentar explicar cosas en alemán, haciendo un batiburrillo de idiomas de lo más heterogéneo.

Al llegar a mi silencioso (de madrugada) barrio, la claridad de la noche me dejó ver a lo lejos una serie de luces incandescentes. Movido por la curiosidad (y por no tener más que hacer que regresar a casa y dormir) me acerqué solo para comprobar que eran lo que sopeschaba: velas. Sí, rojas y encendidas como las de un velatorio, formando una hilera que se extendía por la dirección opuesta en la encrucijada camino a casa. Seguí su rastro, no sin estar alerta ante tanta calma y esperando encontrar algún extraño ritual, llegué hasta un puente y allí...

Tuve una epifanía, vi todo más claro, como en una revelación. Hice inventario de lo acontecido durante mi estancia, como complemento a la conversación mantenida esa misma noche. Ese encuentro fantasmagórico me preparó para afrontar la victoria: un año más. Sí, porque para mi el hecho de llegar cada año a registrar un nuevo año supone eso, una superación, un nuevo récord en días de vida... y a sumar otros 365 y tantos como queden.

Encontré un saco a medio vaciar con la misma ropa que llevaba puesta, y una peluca que imitaba mi cabellera, negra azabache como el betún. Algunos de mis objetos personales se encontraban esparcidos entre el suéter y los bolsillos del pantalón. Al examinarlos, los cogí y junto a la ropa, los estremecí contra mi pecho en un abrazo y después... un flash y de vuelta a la realidad. Había encontrado algo de mi mismo que había perdido por allí, quizá las ganas de seguir, quizá ímpetú, quizá solo una parte extraviada pero celosa de su identidad. Fui a dormir para descansar de la jornada.

A la mañana siguiente me esperaron las bien recibidas, como de costumbre, felicitaciones de los amigos y familiares, que seguirían sucediéndose a lo largo del día. Me preparé para ir a la fiesta de Efferen para celebrar mi cumpleaños junto a Patri y Pablo, verdaderos anfitriones del festejo.

Laura y Horacio me esperaban en el Flowmarkt para entregarme sus regalos sorpresa: un cómic original americano de la etapa de Claremont en los X-Men y unas pelotas blanditas para hacer malabares, con instrucciones incluidas porque mi pericia con juegos de manos brilla por su ausencia.

Nos reunimos con algunos conocidos en el acalorado césped de Efferen (me gusta el estilo del guionista de esta temporada, ¿veís como todo encaja (comencé mi estancia en Efferen con Patri y de nuevo estábamos reunidos para celebrar los cumpleaños)? Rocío y Clara tenían preparadas varias sorpresas: una bolsa de chucherías y una deliciosa tarta de galletas, chocolate y Lacasitos, como en los buenos tiempos.

Decidimos marcharnos a dar un paseo por Efferen separándonos del agobio del grupo principal (no por nada, sino que no me siento cómodo con las multitudes, al igual que mis compis: Lau y Horace) y fuimos a dar con el lago de Efferen, una preciosa estancia muy apacible a la que algún día regresaremos con Neri para darnos algún refrescante chapuzón. Vimos varios patos, lo cuál me recordó a la epifanía del día anterior y traté de buscarle un nuevo significado que añadir a los dos patitos que hasta el año que viene figurarán en la casilla de mi edad.
[Nota de mimo: leer James Joyce es peligroso para la salud mental]

De vuelta a la estación para subir de nuevo a Colonia, visitamos el barrio y sus perfectas casitas y paramos a divertirnos como infantes en unos columpios. Fue un momento mágico, y hacía falta ratos así, de evasión y diversión pura, sin apariencias ni compromisos.

Casi morimos de asfixia debido al bochorno de calor que albergaba el tren, pero aún quedaban ganas para seguir con la celebración de los dos patitos, las dos décadas y un bienio que llevo en este planeta. Aún no he despertado del todo mis poderes, pese a que planeo en ocasiones por distancias cortas y poco a poco mi sensor empático e intuición se van perfilando, aunque aún me queda mucho para considerarme madurado (que no maduro).

Ahora escribo escuchando de fondo varios fuegos artificiales. Colonia y yo estamos de celebración. Supongo que va siendo hora de seguir con la fiesta.

domingo 27 de abril de 2008

Visita a Düsseldorf, principios de febrero

Esta entrada llega con un poco de retraso pero dicen que lo bueno se hace de rogar.

Pasados los examenes y carnavales, una cuestión que nos preocupaba a los Erasmus (ahora que teniamos más tiempo para dedicar a cuestiones como la política de nuestro país) era el asunto del voto por correo. Nos pasamos información unos a otros a través de varios emails y finalmente decidimos fijar una fecha (fue un viernes por la mañana) para ir al consulado español, pasaporte y ausweiss (el abono transporte) en mano, pues estaba en Düsseldorf.

Düsseldorf es la ciudad rival de Köln, casi siempre por motivos de negocio, y es que da la impresión de que Colonia es más ciudad dormitorio que la industrial Düssedorf, o al menos fue lo que averigüé en mi primera visita a esta ciudad. Me llamó la atención lo poblada que estaba de rascacielos, en comparación con las ciudades alemanas que había visto anteriormente. Cogimos el metro nada más llegar, que por contra, tenía un aspecto más arcaico que el de "mi" ciudad y allá que fuimos.

Tras terminar de completar los aspectos burocráticos, decidimos pasar el resto del día visitando la ciudad. Primero llegamos a un parque que quedaba en la orilla del Rhin, con un cauce mucho más intenso y vistoso que el de Köln y recorrimos su trayectoria en dirección al centro de ciudad, donde descansamos para almorzar un poco (en plena calle bajo el solecito, que ese día comenzó a pegar tras los tímidos coletazos que llevaba dando antes de las frías lluvias).

Desde allí llegamos hasta la torre de telecomunicación (no hay ciudad alemana que no tenga una y bien situada) y una vez arriba, nos quedamos echando una siestecita al calorcito del sol que daba por la tarde. Antes de malgastar las pocas horas de sol que restaban, decidimos bajar y recorrer la "Manhattan" de Düsseldorf, una isleta artificial bañada por las aguas del Rhin con multitud de edificios de diseño. Me encanta esta zona de la ciudad, con edificios obra de autores como Guggenheim u otros autores.

A continuación, unas fotillos para que lo veais.





miércoles 2 de abril de 2008

Carnavales (2)




Por cierto, como muestra de las perrerías a las que me someto por parte de las niñas, olvidé comentaros que no sólo me cortaron el pelo con un cutter. Una tarde anterior a los carnavales, Neri me propuso chuparme un ojo, cosa de la que no creí capaz. Pero no, comprobé in situ cómo mi globo ocular fue tocado por instantes por la punta de una lengua. Me reí como pocas veces, a ver si subo fotos. No sabía dónde situar esta anécdota, pues quedó a medio camino entre enero y los carnavales.

En próximos episodios: historia de Colonia, primera visita a Dusseldorf y la llegada de los visitantes...

Carnavales

Siguiendo por el punto en el que lo dejamos, resumiendo, por el atípico enero, justo a las puertas de la clausura del primer cuatrimestre y el preludio a los carnavales.

Para los alemanes, y más concretamente para los habitantes de la región occidental del Rhin, son fechas muy señaladas, toda una tradición. Köln precisamente es la capital alemana de los carnavales, con mucho bagaje cultural a sus espaldas. Siempre han sido una fiesta destacada y como muestra, os explicaré los pormenores y peculiaridades que descubrí sobre ello aprovechando que investigué para una presentación oral en la clase de conversación.

Los carnavales (Karneval) son de suma importancia, tanto que son considerados por los habitantes de esta zona como la quinta estación del año, que comprende desde el carnaval de San Martín (¿recordais? El 11 de noviembre a las 11:11h) hasta los 40 días de cuaresma. Está permitido que aquel que quiera asistir a su trabajo o pasear por la calle enfundado en su disfraz es libre de hacerlo y además exento de burlas o reprimendas. Así, no es de extrañar el entrar en el metro y encontrarte un grupo de ancianas vestidas de ratoncita o señores como tiroleses. Recordad que Köln pertenece a la zona católica de Alemania, aunque ya he explicado anteriormente que la libertad de credo es más que patente. Supongo que este aspecto sería relevante varias generaciones atrás. Otro aspecto a destacar de los carnavales alemanes antes de entrar en profundidad con los de mi zona, es que generalmente no es una fiesta muy celebrada en otros lugares como Berlín o Hamburgo. Una excepción sería Baviera, al sur del país, donde la festividad otorga la voz cantante a las mujeres, soberanas absolutas del cotarro, que gobiernan a sus anchas imponiendo su voluntad durante esos días.

En Colonia (y por extensión en las localidades próximas como Dusseldorf o Bonn) los carnavales son una fiesta con varias caras: por un lado, la cultural, con la vistosidad que ofrecen los grupos de gente disfrazada en conjunto, más conocidos como murgas y comparsas, solo que la diferencia respecto a los de Cádiz o Badajoz, de tono humorístico además de estético, es que se compite por la elegancia; también los niños tienen su lugar, y a ellos van orientadas las carrozas y pasacalles en los que se reparten a diestra y siniestra caramelos y golosinas; por último, quedaría la parte del desparrame y es que si algo hizo que quisiera olvidarme de estas fiestas es el desfase y las cotas de degeneración a las que llega el personal.

La traumática mañana del primer día grande de los carnavales, el primer jueves de febrero este año, me dejó una inquietud de la que tardaría en recuperarme. Resulta que en esa semana me encontraba inmerso en plenos exámenes, y decidí junto a Laura, Neri y Anton, sacrificar el día estudiando en la facultad en lugar de sumarme al jolgorio. Recordaba el panorama de la víspera como un día en que la gente estaba expectante pero sumida en su rutina, es decir, los alemanes permanecían tan pétreos como de costumbre. Para nada intuía lo que vi ese jueves.

Nada más entrar en el metro, repleto hasta los topes de gente borracha ya de buena mañana entonando en el tono menos armónico imaginable, una señora a la que le faltaba media dentadura me agarró por el cuello con su brazo impidiendo que saliera del vagón para huir de su aliento apestante a whisky barato. No podía ni respirar y el aroma etílico casi podía palparse. No fue agradable precisamente. No llegaba al mediodía y la gente estaba ya que no podía ni tenerse en pie, y eso siendo el primer día.

Al llegar a la facultad, casi todo estaba cerrado y la biblioteca, cómo no, tampoco abrió sus puertas. Estudiando como pudimos, hicimos la tarde en un oscuro pasillo de un módulo con el ruido de los trombones y la música machacona que venía de cualquier parte tronando a lo lejos. Decidimos acompañar a Anton al concierto que daba en su instituto con motivo de los carnavales, pero resultó un poco de vergüenza ajena: lleno de críos y padres cámara en mano, fuimos al pabellón que hacía de salón de actos para ver un aburrido y absurdo teatro sobre rivalidades carnavaleras entre Colonia y Dusseldorf. Anton tan sólo tocaba la trompeta con un par de notas junto a la orquesta de su colegio para dar paso a cada acto. El acabose fue cuando nos preguntaron (a Neri concretamente) si éramos padres o alumnos del centro. Eso y que los canapés no eran gratis.

Al día siguiente tuve el examen de alemán. Juro y perjuro que intenté no llegar tarde pero la profesora debió de preveerlo así que cuando entré en el aula del examen 15 minutos tarde (los trenes me fallaron esa mañana), todos los presentes, unas 50 personas, comenzaron a aplaudir. Vaya espectáculo. Por supuesto, tuve que correr para poder esconderme muerto de vergüenza en la primera fila, única con sitio libre. El examen en sí no fue nada del otro mundo, salvo la parte de gramática, la cual decidieron dejar para la última de las 4 horas que duró el examen. Sabia decisión, cuando tienes el cerebro hecho mixtos por el cansancio y el madrugón (comenzó a las 08:00h de la mañana. Solo deciros que muchos de los presentes estaba de empalme con la juerga de la noche anterior) te plantan los ejercicios más complejos.

Siempre he disfrutado de estas fiestas, pero este año junto con los exámenes y el barullo, procuré disfrutar de la poca tranquilidad que ofrecía el nuevo piso de Neri, cerca del centro de la ciudad, intentando escabullirme de la gente en cada viaje de nuevo a casa. Me agobiaba la gente, más estando borracha, así que cuando surgía la idea de pasear por las concurridas calles de noche no hacía sino sentirme más incómodo. ¿Por qué elegí ser agorafóbico y no otra cosa?

Aún así, disfrazado me sentía diferente, relejado por haber finalizado el cuatrimestre, aunque no tenía ni ganas de tomar una triste salchicha a la brasa de los puestos carnavaleros. Recuerdo la apacible última noche, en la que regresé caminando por el puente que siempre recorro en tranvía, cubierto por la capa que me guardaba de la fría brisa del río (en realidad era una cortina de baño que costó 3 euros, con dibujos de jirafas, cebras, hipopótamos, etc. en flotador con un fondo azul imitando agua) y mi camiseta de Super-Coco, mi ídolo de infancia de Barrio Sésamo, el que enseñaba las limitaciones tridimensionales.

The Return!!

Vale, esta es la definitiva.
Sé que llevo un tiempo insistiendo en que volvería pero esta vez os aseguro (pese a la poca fiabilidad que pueda estar inspirando en vista a mis anteriores anuncios =_=) que no es un aviso sino una realidad. Vuelvo a los páramos de Kinderland, el país de los huevos Kinder.

De hecho me encuentro en el comienzo de lo que denominaría la última etapa de esta trilogía Erasmus, lo que me da una libertad y posiblidad de organización bárbara en comparación del apresurado ritmo que a duras penas mantenía durante el último trimestre de 2007.
En la segunda etapa, que es por donde continuais leyendo, ha pasado de todo y con todos los ingredientes que prometí durante el prólogo. Revisando los textos que ahora mismo me encuentro redactando, creo sinceramente que no van a defraudaros. No se trata de crear expectativas para luego no colmarlas, pero por tradición, personalmente prefiero el "nudo" de la trama, mucho más intenso en cuanto a contenido que lo que pueda ser un comienzo y que prepara el terreno para el desenlace. Espero que éste tramo intermedio de la trilogía sí sea la excepción a pesar de todo, pues lo definiría de intenso.

¿Las razones de esta entrada? A pesar de lo tardía que es, hubiese querido retomar el ritmo anteriormente y de veras lo intenté pero compaginar el blog con los trabajos, los viajes, las fechas límites y el ocio resulta en ocasiones imposible pese al empeño que se ponga. Por eso, tras las fugaces primeras entregas de este segundo trimestre que ya terminó, me prometí que no continuaría hasta lograr una estabilidad que permitiera retomar la actividad bloguera. Creo que las cosas hechas a medias no están bien hechas y precisamente ahora parece el momento.

Sin más, ¡despeguemos!

P.D.: quiero agradeceros de nuevo que sigais con tanto entusiasmo este humilde huequecito de la vasta red y el apoyo que recibo de vuestra parte. Espero que siga instruyendo tanto como entreteniendo, lo cual no es poco. Gracias (no necesito dar nombres, daos por aludidos, bitte (= por favor en alemán) ^_^)